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2012/12/01

Recordando esa voz

Parece que nuestra mente tiene dos niveles.

Por un lado, el consciente. Con el que nos han enseñado a identificarnos. Usa memoria, lógica, palabras y números.

Por otro lado, el subconsciente. Al que nos han enseñado a dar poca importancia, o negar. Usa visiones, intuición y sentimientos.

A veces, cuando descansamos de un problema que no logramos resolver, nos sorprendemos que al relajarnos o al dejar de pensar en ello de pronto aparezca la respuesta, o una pista. Es el subconsciente.

En varios métodos de terapia, como chakras, reiki y biodescodificación, dicen que el subconsciente se comunica con nosotros a través de sentimientos. Si los ignoramos, desencadenan síntomas físicos, que pueden manifestarse en dolencias y enfermedades, o hacernos vulnerables a ellas. Para sanar, hay que escuchar el mensaje y aceptarlo.

Muchas veces, los mensajes del subconsciente no son aceptados porque confrontan las creencias y costumbres que hemos creado en el mundo consciente. Niños que reprimen la ira que sienten hacia sus padres, padres que reprimen la ira que sienten hacia su jefe o su trabajo, parejas que callan sus deseos, gente que ignora tanto las tormentas internas como hacer aquello que le da alegría a su corazón. Porque no es correcto socialmente, o moralmente, o útil.

Sin embargo, cuando dejamos de reprimirnos y logramos aceptar lo que realmente sentimos, vamos descubriendo quienes realmente somos y despertamos.

Es algo que voy aprendiendo.

Cuando aprendí a leer el tarot, lo hice porque quería entender cómo funcionaba aquello de lo que tanto se hablaba. Por qué le había interesado también a novelistas y hasta a científicos.

Aprendí la mecánica. Cada carta es un símbolo, y su posición también. Ambos se combinan y con un conjunto de cartas se obtienen mensajes.

Poco a poco aprendí a expresar con más fluidez los mensajes que veía. Poco a poco los iba distinguiendo mejor.

Al comienzo, esperaba encontrar mucho azar, porque barajaba las cartas y se elegían boca abajo. Y me sorprendió notar que había consistencia en las lecturas.

Algunos dicen que los mensajes provienen de alguna entidad que sabe más que uno. Y uno se imagina a esa entidad allá afuera.

Pero ahora me parece que en realidad está dentro de nosotros. Nuestro subconsciente.

El tarot, la lectura del humo del cigarro, de las hojas de coca, de las runas y los granos de arroz, y otras cosas aparentemente aleatorias, serían simplemente medios de anular nuestro consciente, entrando en un territorio donde podamos distinguir mejor los mensajes del subconsciente.

Con el animo dispuesto, también se podrían encontrar mensajes en cosas cotidianas aparentemente aleatorias. El vuelo de un pájaro, la dirección en que cae una hoja, las figuras que distinguimos en una roca, o en las nubes... incluso los mensajes reconfortantes que algunos encuentran en un versículo de la Biblia elegido al azar.

No es que en sí mismas estas cosas contengan el mensaje o la intención, del mismo modo que las letras del alfabeto no contienen un mensaje. Es la forma en que las leemos, la secuencia en que las disponemos, lo que les da significado. Y esa forma es dispuesta por nuestro subconsciente.

Incluso si existiera alguien allá afuera, conociendo las respuestas que nosotros no, es a través del subconsciente que podemos conocerlas también.

Cuando estamos ante algo aleatorio, puede servir como medio para que el subconsciente nos hable. Si notamos que un pájaro ha volado o una hoja ha caído, o cierta configuración en las cartas, es porque el subconsciente nos inspira a prestarles atención del modo que se requiere para entregarnos el mensaje.

Aceptando eso, las cosas que ocurren empiezan a ser vistas de otro modo. Hay alguien ahí, dentro de nosotros, cuyo lenguaje podemos aprender a escuchar... o recordar.


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