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2017/05/13

La raíz del bien

Los científicos han observado que hay un cierto número de cosas que podemos manejar mentalmente sin estresarnos: 7, aproximadamente.

Cuando hay necesidad de manejar más de esa cantidad, empezamos a formar organizaciones mentales: pares, tríos, y diversas figuras mnemotécnicas.

Me parece que algo similar ocurre en la vida social.

El entorno cercano de una persona está limitado a un número, más allá del cual no le es posible mantener una relación con ese grado de intimidad.

El círculo de la comunidad es un poco mayor y tiene una organización y rituales que ayudan a mantener cercanos a sus miembros.

El círculo de conocidos es mayor y más difuso, con personas entrando y saliendo de él.

Más allá, son extraños.

Aún cuando estemos capacitados para enfrentarlo, lo extraño se puede sentir como peligroso, amenazante.

Vivir entre extraños es una forma de estrés continuo que la gente de las ciudades aprende a sobrellevar usando diversos recursos, como los buenos modales, la cortesía y convenciones para el respeto mutuo.

Pero también se puede sobrellevar ignorando al extraño.

Y ocurre en todas las ciudades grandes, así que quizás el círculo de la cortesía y el respeto mutuo también tenga un tamaño limitado.

La ventaja de ignorar al extraño es que permite manejar un número mucho más grande de congéneres viviendo a tu lado.

Pero el precio es la desensibilización a las necesidades de esos congéneres y lo que les pueda ocurrir.

Además, convivir con extraños requiere un conjunto de convenciones y organización que necesitamos aprender y ejercitar.

Sin esas convenciones, simplemente ignoramos al extraño y lo bueno o lo malo que le pueda estar pasando.

Cuando alguien es extraño y se ignora, quizás le estemos haciendo daño y no lo sentimos.

Es el precio de ignorar las cosas. Apagar la alarma puede parecer que es menos escandaloso, pero evita que te enteres del incendio a tiempo.

Hay maneras de ver el mundo, organizadas bajo principios y credos, que promueven tratar como extraños a quienes no comparten esos principios y credos. En el mejor de los casos los tratan con cortesía. O simplemente los ignoran. O puede que los traten con hostilidad.

Ignorar o tratar con hostilidad a un extraño no es constructivo. Pero puede ser fuerte la presión por mantener ese comportamiento si eres miembro de una organización de ese tipo.

Logias, sectas, religiones, partidos políticos, clubes, bandas, pandillas, etc, son organizaciones que pueden tener principios de respeto a extraños, de ignorarlos, o de serles hostiles.

La hostilidad mutua puede escalar en espiral.

La ignorancia mutua permite que ocurran cosas que jamás permitiríamos en nuestro círculo cercano, o comunitario.

La hostilidad mutua y la ignorancia mutua logran que alguien haga a propósito daño a alguien más sin sentirse mal por ello.

Cuando calificamos despectivamente a alguien lo apartamos hacia un lugar donde nos sentimos con derecho a castigarlo e ignorar, o incluso disfrutar, su sufrimiento.

Así nos volvemos para otros extraños hostiles, también merecedores del mismo desprecio y maltrato.

No es cerrando más los círculos y apartando más a la gente que se mejora la situación.

Tampoco tratando de eliminar los círculos de los otros.

Podemos atender el resultado, pero es importante ver la causa para realmente mejorar las cosas.

Es importante empezar a ver por encima de las cercas, las murallas y las divisiones con la que marcamos distancia de los otros extraños, para notar lo que tenemos en común.

Es importante notar que esas cercas y divisiones son el resultado normal de situaciones anormales que le ocurren a personas normales como nosotros.

Que son cosas que creamos para encontrar una forma de poder vivir dentro de esas situaciones anormales.

Es importante preguntarnos si hay alternativas, si hay otro modo que no tenga que ver con ignorar a los demás o tratarlos con hostilidad.

Quizás podamos organizarnos para vivir en espacios más amplios, donde no sea fácil ignorar a quien pasa por tu lado, sino atenderlo e interesarte por esa persona.

Quizás la raíz del bien sea organizarnos mejor para que la vida social no signifique estrés, esfuerzos continuos, formalidades artificiales, ni normas impuestas, sino auténtica empatía con los demás, respeto mutuo, solidaridad.

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