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2012/07/01

Nuevos tiempos


En los países más avanzados hubo un tiempo en que, desilusionada, la gente empezó a notar que no todo lo que les decían sus padres, sus gobernantes, o la misma ley, estaba necesariamente en lo correcto.

La gente adquirió más conciencia de si misma y del poder de elegir su propio camino, en lugar del que le dictaba la sociedad.

Trato igualitario para los negros -con respeto-, trato igualitario para las mujeres, mujeres trabajando fuera del hogar, no ir a la guerra, resistirse a las leyes que no se consideran justas, tratar de cambiarlas. Fueron cosas que fueron notorias a partir de los 60s.

El resto del mundo es influenciado por ese ejemplo.

Los cambios continúan. Antes, a la gente le contaban que si estudiaba como le decían, que si trabajaba como le decían, que si vivía como le decían, sería feliz. Y cuando la felicidad no llegaba, siempre se podía achacar a que no se habían esforzado lo suficiente, o a la mala suerte.

Pero eso sólo podría funcionar cuando le ocurre a unos pocos. Cuando la mayoría va notando que no puede alcanzar la felicidad prometida, empieza a dudar si es correcta la forma de vivir que la sociedad les plantea. Y la duda se hace mayor cuando ve claros ejemplos de gente que parece lograr esa felicidad alejándose de la pauta convencional y optando por seguir su propio camino. Artistas, deportistas, empresarios en computadoras e Internet. Gente descartada por el sistema educativo que triunfa en el arte. Gente que dejó la universidad para hacer sus sueños. Negocios que se construyen de un modo que se suponía no era posible.

Hay una especie de batalla cultural. Por un lado, libros, películas, testimonios de gente que muestra que hay cosas que necesitamos cambiar y nos inspiran a hacerlo. Y por otro, libros, películas, y quizás principalmente periodismo, tratando de convencernos que el status quo debe continuar.

Si uno escucha con atención, quizás pueda distinguir el mensaje que se propala en los medios. Pintan un paisaje lleno de crimen y caos en los que es necesaria la presencia de alguien mayor que nos cuide a todos. Tratan de convencernos de que es necesario un control más fuerte para encaminar las cosas.

Es una estrategia antigua que parece remontarse a las manipulaciones políticas por las que eran odiados los atenienses. Y aún más atrás.

Pero ahora, parece que el mensaje no cala tan bien como antes. Los periodistas se suelen sorprender al ver que la gente no confía ciegamente en los medios, como ocurría antes, como ellos desearían que fuera.

Internet es uno de los mayores ejemplos de que sin control no surge el caos, como decía el sistema, sino la auto organización descentralizada. Y que la auto organización descentralizada es más adaptable y eficaz que cualquier organización centralizada.

Profesionales y empresas innovadoras en el mundo van descubriendo que hay formas más felices y humanas de organizarse para producir lo que se necesita. Se van quebrando reglas tan arraigadas como el organigrama jerárquico, el horario fijo de trabajo, y la planificación absoluta. En su lugar, participación horizontal, libertad de organización, flexibilidad, respeto por lo que la gente puede lograr por sí misma.

Las cosas están cambiando tan rápido. Va siendo evidente que las formas tradicionales de hacer las cosas simplemente no pueden seguir el ritmo.

Por eso siento algo de tristeza cuando veo que en países en vías de desarrollo como el mío una ola de tradicionalismo trae mensajes que hace tiempo se han ido descartando e incluso invade la oferta educativa hacia los nuevos estudiantes.

Exigete al máximo. Sigue el camino del éxito. Son algunos de los mensajes con los que algunas universidades prometen algo que no pueden cumplir. Al menos no con la forma como están organizadas ahora. Hacerlo como ellas dicen simplemente no garantiza nada.


Muchos creen el mensaje, pero quizás no son tantos como antes. Si los estudiantes no se la creen, entonces apelan a los padres para que influyan en ellos. Pero quizás tampoco sean tanto como antes.


Parece como si la generación que tiene el timón no pudiera sentir la dirección de la ola que va llegando de costado.

Esta vez no basta con exigir que pongamos el motor a toda marcha o que hagamos ciegamente lo que dicen. Se requiere flexibilidad, adaptibilidad, descentralización. Pero esas cosas se cultivan con respeto, confianza y comunicación. Cosas que parecen olvidar ofrecer a la gente.

Está amaneciendo.

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