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2008/10/25

La gotera

Algunos problemas son como una gotera.

Y, en lugar de tapar la gotera, ponemos un plato debajo, para que recoja el agua.

Para no tener que volver a vaciar el plato tan seguido, ponemos mejor una olla.

Luego ponemos un barril, que es más grande que una olla.

Pero, de todos modos, hay que vaciar el barrir cuando se llena, y es más difícil de hacerlo que con un plato o una olla. Así que, con ingenio, pensamos en construir un recipiente más grande.

Construimos un tonel enorme. Jamás tendremos que vaciarlo mientras vivamos.

Tiempo después, cuando nuestros hijos ya están grandes, el tonel contiene mucha agua, y hay tanto peso que, de pronto, en una de sus paredes aparece una gotera.

Alguien pone un plato debajo. Hay soluciones conocidas y probadas. ¿Por qué probar otra cosa?

Las goteras siguen apareciendo. Se colocan muchos platos en torno al barril. Y se van necesitando muchas personas para el trabajo de vaciarlos regularmente.

Se decide reemplazar los platos por ollas. Ahora se requiere menos personas, pero deben usar un poco más de fuerza.

Luego se reemplazan los platos por barriles. Se requieren aún menos personas, pero éstas deben ser aún más fuertes.

Sin embargo, cada barril llega a tener sus propias goteras, y tarde o temprano se empiezan a requerir más platos, ollas y personas.

Decide el amo del tonel reunir a todas las personas para construir el tonel más grande que jamás se haya visto. Y todas participan, esforzándose, extrayendo y acarreando madera y metal, levantando y uniendo los gigantescos tablones, convencidas de que el esfuerzo de ahora significará un mejor futuro, si no para ellos, para sus hijos.

Cuando la obra ha sido terminada, el amo del tonel, alabado sea su nombre, vive dando su generosa protección a toda la multitud que vive bajo el gran tonel.

En las generaciones que vienen, las goteras se llegan a olvidar. Y cuando, a veces, alguien curioso que consigue subir a la cima de la montaña sagrada, desde donde es posible ver el líquido sagrado que guarda el tonel sagrado, vea también la pequeña gotera, aunque llegue a entender que ella inicia todo, nadie le creería, y si llegaran a entenderlo, el amo de tonel, alabado sea su nombre, o los otros sacerdotes, servidores del tonel, por la protección de todos los que viven bajo su sombra, harían que el rumor desapareciera, y lo olvidaran. Como a las goteras.

Un día, después de generaciones de negarlo, los sacerdotes, servidores del tonel, aceptarán que el tonel sagrado está empezando a tener goteras, y aconsejarán al amo del tonel, alabado sea su nombre, a autorizar como reyes y reinas de tonel a quienes han venido construyendo toneles menores debajo de ellas.

Y cada rey y reina de tonel, da la autoridad de señores de tonel a quienes han puesto toneles menores debajo de sus goteras.

Y así sucesivamente, hasta llegar a los dueños de tonel, que ponen barriles para sus goteras y contratan encargados para que los cuiden.

Algunos de esos barriles tambien tienen goteras y los encargados contratados para vaciarlas a su vez han contratado a otras personas más, que ponen sus platos y ollas en torno, pagándoles un poco, y quedándose con la diferencia.

Eventualmente el dueño del tonel, considerando que sus empleados están ganando por el trabajo que les ha encargado, decide que deberían darle un poco de sus ganancias. Después de todo, son sus barriles y puede contratar a alguien más.

El dueño del tonel descubre que cuando un barril necesita ser reemplazado porque se ha deteriorado, en lugar de atender el asunto, puede encargárselo a sus empleados, para que lo resuelvan ellos mismos, consiguiendo y pagando lo que se requiera sin que él necesite gastar nada. Y aunque no los haya hecho ni pagado, los nuevos barriles también serán suyos. Después de todo, puede contratar a alguien más.

Además, él también tiene que pagarle a alguien.

En ese mundo, lleno de toneles y barriles de diversos tamaños y formas, también seguirá habiendo quienes les guste subir por la antigua montaña sagrada para contemplar el mar contenido en lo que alguna vez se llamara el antiguo tonel sagrado. Algunos de ellos verán la gotera sobre él, el inicio de todo. Algunos de ellos comprenderán.

Recordarán que no son los primeros. Que hubo días en que otros como ellos le explicaron al mundo el principio básico que las goteras de un tonel se deben a la gotera que lo alimenta. Y que el mundo había respondido con incredulidad.

‘Miren’, habría demostrado alguien, ‘cubro la gotera que alimenta mi tonel, y aún sigue teniendo goteras; ustedes están equivocados’.

‘Dejará de haberlas después de algún tiempo’, le habrían replicado.

‘¿Cuánto tiempo?’

‘Una vida…, quizas dos’

Y el mundo habría dejado de oir ese mensaje, pensando que era tonto esperar una vida o dos. Que eran tontos ellos, por pensar que lo que ocurría en un humilde barril podía aplicarse a su magnífico y gigantesco tonel, construido y mejorado durante generaciones, que además daba trabajo y protección a innumerables familias, incluyéndo las de ellos, malagradecidos.

Pero ellos entenderán que, a pesar de que no le guste la idea, el mundo no podrá seguir así para siempre. Que, de alguna forma, las antiguas batallas por el control de los toneles volverán y se repetirán conforme vayan escaseando las goteras. Que platos, ollas, barriles y toneles iran desapareciendo, quizás lenta pero inevitáblemente. Hasta que, un día, se encontrará alguien bajo la gotera inicial y, pensándolo mejor, dejará el plato a un lado y la reparará.

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