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2009/11/30

Descubriendo la historia


Imagine que nadie estudiara. Imagine que nadie aprendiera de los que estuvieron antes las cosas que ellos descubrieron. Sus aciertos, sus fallas, su experiencia. Qué sería de nosotros. Sería como si cada uno construyera el mismo primer piso una y otra vez, sin que nadie viviera la suficiente para construir encima el segundo. Toda la ciudad del conocimiento tendría construcciones de un solo piso. Y cada uno viviría su vida resolviendo los mismos tipos de problemas; luchando las mismas batallas una y otra vez.

Se dice que quienes no conocen la historia están condenados a repetirla. Quizás no se dice lo suficiente. Quizás no se entiende lo suficiente. La historia no son los relatos y fechas que aparece en los libros de texto, junto a las figuras de hombres sabios, reinas y guerreros. La historia es principalmente el conocimiento que vamos construyendo. Saber qué partes del misterioso bosque de la vida encierran peligros y cómo enfrentarlos. Saber dónde conseguir alimento, cómo encender fuego, que ha funcionado y que no. En realidad, quizás no importa tanto lo que la gente antes de nosotros hizo en su vida, sino lo que aprendió mientras vivió. Y si eso puede ser transmitido a las generaciones siguientes, las pueden usar para construir mejor, más alto. Aunque individualmente vivamos décadas, con la memoria colectiva de la historia, la comunidad puede vivir siglos y milenios.

La historia es importante. Cuando deja notas de alguna receta o procedimiento, está haciendo historia. Cuando cuenta a sus hijos lo que aprendió de una experiencia, está haciendo historia. Cuando se enseña matemáticas, se está enseñando lo que se aprendió de la experiencia de matemáticos y educadores antes de nosotros, y eso también es historia. Lo mismo para las ciencias, las artes, los idiomas. Son conocimientos que nos ahorran mucho esfuerzo y nos ayudan a vivir, a construir, a progresar. En cambio, curiosamente, es la asignatura llamada Historia una donde no se nos invita demasiado a reflexionar ni a cuestionar, limitándose a enumerar relatos, interpretaciones y justificaciones que debemos aceptar. Casi como en Religión.

Hace mucho tiempo no había educación pública. La gente se educaba por propia iniciativa, o la de sus padres, o la de los religiosos que la acogía. Me parece que con la Revolución Industrial apareció el sistema de educación pública. Eso me sugiere que posiblemente contaron con la iniciativa, o la ayuda, de la nueva comunidad de empresarios industriales, que necesitaba personal calificado en más cantidad y con más rapidez que nunca antes en la historia. Y por lo que nos enseñan ahí, a ser ciudadanos comunes, empleados, creo que tiene sentido.

Kiyosaki, el autor de "Padre rico, padre pobre", dice que nuestros sistemas de educación pública siguieron el modelo prusiano, cuyo fin principal es formar buenos soldados y empleados. Allí se nos inculca la idea de que si se siguen las reglas, si se estudia lo suficiente, triunfarás, serás rico. Pero basta mirar alrededor para darse cuenta que eso ya no es verdad. Con ayuda de su padre rico, Kiyosaki aprendió que la verdad está en la educación financiera que recibimos, que es nula o está equivocada, y ahora él la difunde en sus libros.

Pero no es sólo educación financiera la que no se nos enseña y hay que aprender por cuenta propia, o gracias a gente como Kiyosaki. Tampoco recibimos educación real sobre cómo organizarnos, planificar, trabajar en grupo, vida social, relaciones amorosas, sexo, crianza de niños, manejar problemas, disfrutar de la vida, etc, etc. Incluso nos acostumbramos a que eso es normal y que cada uno debe encontrar sus propias respuestas. Con eso nos encontramos peleando una y otra vez la mismas batallas, enfrentando el mismo tipo de problemas. ¿Le suena familiar? Así es; no se nos enseña esas historias. Tenemos que educarnos a nosotros mismos en esos temas. Quizás sea intencional o casual. Quizás, cuando a los grupos empresariales les parezca conveniente, se empiecen a incorporar cursos sobre eso en la escuela.

Sin embargo, eso me lleva a pensar en la fragilidad de lo que conocemos. Si la educación pública lo da, lo tenemos. Si no, estamos por nuestra cuenta. Tenemos el problema que lo que la educación pública da no siempre es lo correcto. Así que por nuestra cuenta, además de completar lo que no nos dieron, tenemos que corregir la parte que nos dieron mal.

Pienso que sería bueno organizar uno o más sistemas educativos alternos al sistema público. Alguno que permita evolucionar las historias, los conocimientos, por el bien común, por la verdad. Que nos ayude a construir en aquellos campos para los que, por ahora, ni la educación pública ni la oficial, nos da mucho soporte.

Hasta no hace mucho tiempo, la mayoría de la historia consistía en material oficial autorizado. Por el sistema educativo, por el sistema editorial. Ahora, hay blogs, y mucha gente, como yo, que puede escribir lo que piensa, que puede ser leida y, quizás, hacer algo de historia.

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