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2011/12/14

Huellas en el cesped

Leí una vez que, al terminar de construir unos edificios, no pusieron ninguna acera que cruzara el jardín. Simplemente dejaron que la gente usara los edificios un tiempo.

Entonces, hicieron las aceras sobre el camino que el andar de la gente había dejado sobre el cesped. Confiando en que el trazo reflejaba las rutas más convenientes. Y así era.

Cuando haces algo para alguien, es mejor prestar atención a cómo lo va a usar. Observar al usuario.

A veces uno puede pensar que si trabaja con mucho esmero en algo, eso garantiza que todo estará bien. Uno podría hacer las aceras por donde mejor le parece, esmerarse mucho en que estén bien hechas, pero eso no garantiza que sean útiles para la gente. De algún modo hay que averiguar qué es lo que ellas necesitan. Observar las huellas que dejan sobre el cesped.

Hay quienes se quejan de que la gente cruza la calle por sitios indebidos. Lo dicen en la televisión y a coro todos suelen repetir las mismas quejas sobre esa imprudencia, falta de civismo, etc.

Me gustaría que reflexionaran sobre el otro punto de vista. Si a pesar de ver las huellas sobre el cesped se insiste en trazar las aceras en contra, la gente se sentirá incómoda de seguir una ruta que no es la natural. Si es demasiado incómoda, la gente preferirá salirse de la acera (de hecho, si pasea un poco por ahí, notará senderos alternativos trazados en el cesped, a pesar de las aceras). Es necio decir que la gente es tonta por no usar las aceras que uno ha dispuesto. Es difícil admitirlo, pero quien trazó la acera no lo hizo bien. La acera puede estar bien hecha, pero la ruta no es útil. Por no observar a quienes las iban a usar.

¿Por qué la gente prefiere sortear el tráfico de una avenida y un separador vial antes de caminar cinco cuadras abajo, subir y bajar de un puente peatonal (donde le pueden robar) y luego volver a subir cinco cuadras para llegar al punto que tiene enfrente, a 20 metros? Porque es natural para la gente pensar así, que el punto más corto entre dos puntos es el tiempo que los une. Quizás debería preguntarse si hubiera sido posible construir el puente peatonal en el lugar donde habitualmente la gente cruzaba. Así como sería bueno que los gerentes hicieran de vez en cuando las colas de los sitios que administran. Y también que los que opinan de cómo cruza la gente una calle viviera en un tiempo en la zona donde ellos viven, del modo en que ellos viven. O mejor, que aprendan a observar las verdaderas necesidades de los usuarios y buscar soluciones por ese lado.

Seguramente los padres se habrán dado cuenta lo contraproducente que es dar una orden que no se puede cumplir. Es desmoralizante. O anunciar un castigo que no se puede hacer. Les pierden el respeto. Yo pienso que es lo mismo con las leyes. Si una ley es difícil de cumplir, la gente optará por la alternativa en cuanto le sea posible. No porque no le guste cumplir la ley, sino porque probablemente la ley esté mal hecha y vaya en contra de su natural desenvolvimiento. Pienso que son mejores las leyes que simplemente afirmen aquello que ya todo el mundo hace. Igual que las aceras que se trazan por donde todo el mundo ya pasaba. Cuando las leyes obligan a la gente, siempre aparece alguien que se pone del lado de la ley para poder manipular a la gente. Las leyes deberían ayudar a la gente, servirlas, representarlas, afirmar sus buenas prácticas. Entonces, los gobernantes serían mejores que los que ahora tenemos.

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2010/09/28

Caminando

Aunque parezca que nuestro devenir es una recta,
en realidad avanzamos como en espirales,
y de cuando en cuando pasamos
sobre la marca de nuestros propios pasos.

Notamos, a veces, el deja vu,
el sentimiento de volver a estar,
de volver a ser,
aunque sea otro el lugar,
y seamos otros también.

Cada paso que damos puede hacer
más fácil o más difícil
el que demos
cuando volvamos aquí.

El modo en que haces algo
es el mismo que tiendes a seguir
cuando pasas otra vez.

Los hábitos se van marcando,
la práctica va haciendo
más notoria la huella.

Si hacemos algo para cambiar,
será más fácil después
de haber insistido varias veces.

Al saborear cada instante,
al disfrutar cada paso,
la siguiente vez sentiremos
la huella de ese placer.

2009/12/09

Hallando el camino (2)

Lea también: Hallando el camino 


Antes, hace mucho, mucho tiempo, cada persona tenía que cuidar de sí misma. Conseguir comida, buscar un refugio, hallar un camino. Hacer posible cada cosa que necesitaba.

En cierto momento, varias personas aprendieron que podían distribuirse estas actividades, de modo que podían especializarse en hacer un tipo de cosas. Alguien reunía materiales, alguien construía, alguien procuraba la comida, alguien construía el refugio. Y todos vivían.

Algunas personas aprendieron a conducir a otras. Y las otras aprendieron a dejar ciertas decisiones a sus líderes.

Mucho tiempo después, ahora, nos encontramos dependiendo de la dirección de otras personas para poder vivir y, cuando intentamos vivir por nuestra cuenta, es tan difícil y no sabemos por qué.

Sin embargo, llegado el momento, todos tenemos la capacidad de ocuparnos de todas las cosas que necesitamos. Es sólo que esperamos que alguien nos diga qué hacer, porque estamos acostumbrados a vivir así.

Dite a ti mismo que no hay nadie. Nadie tiene la solución a tus problemas. No hay camino hacia allá. Entonces quizás sientas que surge de ti un espíritu capaz de contemplar la situación en que estás y hacerse cargo.

Es como una personalidad alterna, y posiblemente necesaria, que puede surgir cuando sentimos la urgencia de sobrevivir y no tenemos otra opción que nosotros mismos.
Es una conciencia que nos contempla desde arriba, desde donde podemos decidir mejor qué hacer y a dónde ir.
Luego bajamos y somos nosotros mismos. No podemos estar arriba y abajo a la vez.
Para comandar nuestra vida requerimos una personalidad mayor que para desarrollarla. Ambas tienen su tiempo y su espacio.

Hallando el camino

A veces, vives esperando la mano que te salvará.
La que te dará refugio, y te guiará por caminos felices.

Después de mucho deambular, has seguido la voz hasta aquí.
Y sabes que la encontrarás al cruzar la puerta.
Hacia la que avanzas, con temor.

Sientes al destino, que esta cerca.
Y a las olas de las distracciones,
que vienen como cada vez.

Pero ahora es diferente.
Quizás quisieras sentirlas más.
Que te demoren, que te alejen.

Porque dentro de ti está el miedo
al dolor de no encontrar a nadie.
A veces parece más dulce
jamás saber, que hallar la desilusión.

Pero ahora es diferente.
A pesar de todo has llegado.

Abres la puerta y ahí está, una mano extendida.
Te saluda, la observas.
Buscando distinguir cuando te señale el camino que debes seguir.

Antes de que termine de hacerlo, entiendes
que no será ella quien te salvará,
ni te cuidará, ni te guiará.
Nadie lo hará.

Al tomar conciencia de eso,
algo dentro de ti surge,
y, como desde arriba,
te ves a ti mismo, así como eres.

Desde ahí, te preguntas qué puedes hacer para salvarte,
para cuidar de ti, para averiguar a dónde ir.

Y sonríes al ver la mano señalándote.
Ahora lo entiendes.

Lea también: Hallando el camino (2)

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